De Alberto a Cristina; del peronismo retórico al peronismo real

 

I

Desde que se constituyó la fórmula Alberto-Cristina, siempre se sospechó, se supuso o se conjeturó con buena o mala fe, que el poder real lo ejercería Cristina. Los recelos contrastaban con la esperanza, la ilusión o la certeza de muchos peronistas y muchos no peronistas de que Alberto lograría constituir un espacio propio de poder, algo así como un peronismo republicano que pondría límites razonables a la voracidad de poder de Cristina. En nombre de la prudencia, diría que el dilema no está zanjado pero a nadie se le escapa que en este duelo, por lo general silencioso pero no menos real y en algunos tramos, dramático, la que conquista posiciones y espacios de poder es Cristina. Este reconocimiento parece confirmarse en las últimas semanas y en particular el pasado 24 de marzo cuando su tribuna y sus palabras -una vez más- tuvieron mucho más repercusión que la tribuna y la palabra de Alberto. Insisto que esta disputa no está cerrada o, para expresarme con términos futboleros, el partido no concluyó, pero lo seguro es que la ventaja de Cristina es importante.

 

II

Las tramas íntimas del poder suelen ser secretas o por lo menos se desenvuelven en la penumbra, por lo que siempre es arriesgado dar conclusiones terminantes porque disponemos de una información incompleta, pero como en política los juegos del poder tarde o temprano se representan públicamente, los observadores podemos apreciar a partir de las escenas visibles cómo se expresan o se insinúan las relaciones de fuerza. Y lo que hemos presenciado desde la platea, es que el rol de Cristina es cada vez más preponderante y el de Alberto cada vez más deslucido, como esos actores que al inicio de la obra parecen importantes e incluso despiertan suspiros de la platea femenina, pero a medida que la obra avanza su imagen se desvanece hasta desaparecer sin que el público manifieste ninguna sorpresa o desencanto por esa ausencia.

 

III

Hoy a nadie se le escapa que Cristina en términos de poder y de representación pública del poder es más importante que Alberto. Hasta el ciudadano más indiferente registra que las declaraciones de Cristina repercuten más que las de Alberto. En efecto, los opositores escuchan más lo que dice Cristina que lo que dice Alberto, los periodistas están más atentos y le dan más espacio a Cristina que a Alberto quien cada vez se parece más a un vocero presidencial que a un presidente. Supongo que la comedia no ha concluido y puede haber novedades, pero me atrevería a postular que la diferencia de goles a favor de Cristina es muy abultada como para que un Alberto, del que nunca sabremos si alguna vez dispuso de una voluntad de poder propia, pueda descontarla.

 

IV

Otra posible interpretación, es que en realidad Alberto y Cristina siempre estuvieron de acuerdo y lo que estamos presenciando no es más que la manifestación de ese acuerdo: Cristina manda y Alberto obedece. O, por qué no, Cristina expresa el discurso duro, el relato nacional y popular, mientras Alberto se dedica a suavizar las relaciones con la oposición, con los voceros del círculo rojo y con el propio establishment nacional e internacional. Salvando las importantes diferencias de legitimidad, recuerdo que en la época de la dictadura militar se hablaba de una línea «dura» y una línea «blanda». Videla, (el Partido Comunista a este relato lo compró con papel celofán y moñito) era el dialoguista enfrentado a los militares «pinochetistas». Hoy sabemos que esto no fue así, aunque también sabemos que esas diferencias existen y no deben sorprendernos porque en cualquier esquema de poder -democrático o despótico- en su interior hay disputas y hay dirigentes confrontativos y dirigentes dialoguistas. Hasta en el régimen de Hitler pueden registrarse estas reyertas (Daladier y Chamberlain ponderaban los exquisitos modales de Joachim von Ribbentrop «tan diferentes a la vulgaridad del cabo austríaco»). En ese sentido puntual el actual gobierno peronista no es una excepción. Hay disputas internas, hay intereses regionales o económicos que no son coincidentes, hay ambiciones políticas diversas, pero mientras tanto los socios de la coalición están convencidos de que con más o menos humillaciones, más o menos capacidad digestiva, a nadie le conviene sacar los pies del plato porque fuera de la carpa del poder hace mucho frío y la soledad es sobrecogedora.

 

V

Lo novedoso de este gobierno no son sus disidencias internas, sino la inversión de roles en la cúpula de poder. A la hora de proclamarse la candidatura Alberto-Cristina, todos los observadores exclamaron: el único caso en el mundo donde la vice presidente elige al presidente. Y así fue; y los hechos así lo confirman: la que decide es ella y los límites que ella encuentra no los pone Alberto sino la oposición o la propia trama de intereses que configura el orden político y económico de la Argentina. Por lo tanto, las disidencias de Alberto con Cristina son de roles: ella puede decir cosas que Alberto no puede. Es posible que haya diferencias a veces inmanejables entre albertistas y cristinistas, pero en este campo ellas suelen tener más que ver con ambiciones de poder o protagonismo que con diferencias sustantivas.

 

VI

Conclusión: el peronismo está en el poder, hace lo que más le gusta hacer, ejercerlo y beneficiarse y no creo que en el futuro inmediato haya novedades significativas al respecto, salvo el sinceramiento de que Cristina es la que efectivamente manda. ¿Por qué pasa lo que pasa? ¿Por qué este protagonismo de Cristina? Porque Cristina ha demostrado que su voluntad de poder es mucho más fuerte que la de sus rivales; porque ha sido capaz de crear un relato (mitológico, mentiroso o como lo quieran llamar) que convoca a militantes, moviliza voluntades y ha seducido a importantes franjas juveniles incluido el campo intelectual. Cristina es más poderosa que otros peronistas por dos motivos más: porque sabe lo que quiere (entre otras cosas, no ir presa) y actúa en consecuencia, y porque en las actuales condiciones históricas es la que en definitiva expresa mejor que nadie los valores, los símbolos, las leyendas y los mitos del peronismo. ¿Es invencible? No, no lo es porque nadie en la vida lo es, pero creo que debería estar claro para todos que derrotarla no va a ser fácil, entre otras cosas porque hasta el momento todo el peronismo cierra filas detrás de ella. ¿Y es necesario derrotarla? Supongo que sí. Que la peronismo le vaya bien en el poder no quiere decir que al país le vaya bien.

 

VII

¿Y los peronistas republicanos? Muchachos macanudos que gozan de mis mayores simpatías, pero que hasta el momento políticamente no hacen sombra en el suelo. ¿Y los gobernadores peronistas? Ninguno va a sacar los pies del plato. Por lo menos por ahora. Con todo respeto y admitiendo algunas honorables excepciones, los gobernadores en la Argentina se reportan con el poder central porque tal como se han configurado históricamente las relaciones entre nación y provincias, a los gobernadores muchas alternativas para hacerse los díscolos no les quedan. Un ejemplo histórico tal vez explique con más elocuencia lo que digo. Cuando Urquiza decide pronunciarse contra Rosas, convoca a los gobernadores de la Confederación y salvo Corrientes, ninguno lo acompañó; es más, se florearon en gambetas para eludir el compromiso mientras adulaban a Juan Manuel y a Manuelita. Ahora bien, después de Caseros, Urquiza envía a un jovencísimo Bernardo de Yrigoyen para que recorra las provincias y convenza a los gobernadores para asistir a San Nicolás. Y a decir verdad, muchos esfuerzos no hizo: los mismos gobernadores que hasta hacía un mes vivaban al Restaurador sin disimular el miedo que les inspiraba la daga mazorquera, ahora marcharon mansos y serviles a San Nicolás para reportarse ante el vencedor de Caseros y jurar que siempre odiaron a Rosas. De los tiempos de Caseros y San Nicolás a la actualidad pasaron más de ciento cincuenta años, pero me temo que este tipo de relaciones de poder entre nación y provincias se mantiene en sus líneas generales. En los tiempos de Juan Manuel la desobediencia del gobernador significaba una segura degollina; hoy somos más civilizados, pero el temor persiste, aunque en este caso no lo inspire el facón sino la coparticipación.

 

Noticia de: El Litoral (www.ellitoral.com) [Link:https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/289947-de-cristina-a-alberto-del-peronismo-retorico-al-peronismo-real-cronica-politica-opinion.html]

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