Crónicas santafesinas. (Ordoñez)

 

I

Los últimos veinticinco años de su vida, don Manuel Ordoñez los vivió en Santa Fe, bien al norte de la ciudad, en una casa con jardín y galería en la que, según me contaba, todas las mañanas desayunaba con mates y unas galletas camperas que traía del campo, de esa estancia en la que había trabajado de mayordomo muchos años y a la que regresaba habitualmente para «hacer alguna que otra diligencia». Don Manuel era reservado, discreto y en cierto punto, hermético. Al mismo tiempo fue siempre un hombre amable, una amabilidad severa, algo anacrónica, algo señorial pero sólida, consistente; Don Manuel inspiraba respeto, confianza. Su porte, a veces algo adusto, no estaba reñido con esa cordialidad hospitalaria de los criollos viejos. Sabía hacerse respetar, entre otras cosas porque él era muy respetuoso. Don Manuel no se privaba de cultivar un humor que solo quienes lo conocíamos sabíamos reconocer. Frases breves en las que la ironía estaba en los ojos, en cierta leve entonación de las palabras. No lo recuerdo riéndose, mucho menos tengo presente alguna carcajada. No era su estilo.

 

II

Don Manuel prefería los segundos planos. Rechazaba la ostentación, el faroleo, como le gustaba decir, pero tal vez a pesar suyo, nunca pasaba desapercibido. Incluso personas que no lo conocían, admitían luego que ese hombre, algo robusto, entrado en años pero sólido, bien plantado, era alguien imposible de ser ignorado. Ya les dije que almorzaba y cenaba en el centro. En el comedor del club o en algún restaurant de la zona. Sus hábitos eran austeros. Prefería el churrasco jugoso, una papa hervida y una copa de vino tinto. Muy de vez en cuando la rodaja de queso con dulce de membrillo. Y el café: amargo, caliente y negro. En el ambiente era, como se decía entonces, un hombre de consulta. Más de una vez le ofrecieron la presidencia del club pero nunca aceptó. «Soy como la hacienda baguala; no me gusta que me encierren en un corral… y un escritorio para un paisano como yo es como un corral».

 

III

No sé cómo hacía, o de qué recursos se valía, pero siempre estaba enterado de todo. «Un hombre no tiene que saber mucho, porque el que sabe mucho termina por no saber lo que importa», me dijo una vez cuando le pregunté cómo es que conocía al detalle lo que pasó una noche en un cabaret que entonces -hablo de mediados de los años setenta- funcionaba por calle 9 de Julio, seis o siete cuadras al norte de bulevar. Karina, creo que se llamaba cuando lo mataron al Vasco. Yo después me enteré que el Vasco era hijo de un compadre de don Manuel, motivo por el cual «me interesé del asunto porque mi compadre, que desde hace unos cuantos años vive en Rosario, me pidió que tomara cartas en el asunto». La noticia de que al Vasco lo mataron en el Karina yo la supe esa misma noche, porque uno de mis amigos estaba en el cabaret cuando se armó la gresca. Se habló de una pelea por una mujer, de un ajuste de cuentas, de una deuda que había que cobrarse. «Todas macanas», nos dijo don Manuel un par de semanas después mientras tomábamos un café en un bar que entonces funcionaba en la esquina de Salta y 25 de Mayo. «Cuando de muertos se trata -agregó- siempre hay que saber que se mata por plata o por una mujer. También hay que saber que todavía para algunos hombres se justifica matar en nombre del honor. Pero en el caso que ocupa, no bien se escarba la cosa, y si se tienen los ojos y las orejas no como adorno, se sabe que en algunos casos se mata por miedo o de atolondrados». Cuando don Manuel hace estas «entradas» es porque tiene una historia para contar, motivo por el cual acercamos las sillas a la mesa.

 

IV

«Se habla mucho y se sabe poco. Y cuanto más se habla menos se sabe. Algunos charlatanes me hacen acordar a esos loros barranqueros que solo sirven para hacer ruido. Lo que ocurrió en el Karina fue una desgracia que se cobró la vida del hijo de mi compadre, pero después de hablar con la gente que se debe hablar, llegué a la conclusión de que más que un crimen fue un accidente, una desgracia, porque en esta vida hay que aceptar que las desgracias existen. A ese mozo, el Vasco, le llegó la hora tal vez porque se la buscó, tal vez porque así tenía que ser. No era mal muchacho, pero si yo hubiera tenido un hijo no me hubiese gustado que eligiera ese camino. Repito, no era mal muchacho, pero vivió equivocado y mi compadre lo sabía muy bien porque más de una vez lo vi afligido por la conducta de su hijo. El Vasco era guapo, pero imprudente y, con una copa de más, algo atolondrado. Se tenía confianza el hombre porque era picante con los puños. Y lo liquidó la confianza. Un caballo y un cristiano que atropellan a lo ciego siempre corren el riesgo de mancarse. Y esto fue lo que le pasó a este mozo. Se fue de boca y se quedó pagando».

 

V

El mozo del bar sirvió otra vuelta, pero don Manuel tapó con su mano la copa, como dando a entender que ya estaba bien: una medida de ginebra, dos a lo sumo, y punto. «El hombre que no sabe manejar la ginebra, mejor que tome agua o leche». Pero volviendo a la mesa de aquella tarde, Manuel habló de la eterna rivalidad entre ladrones y cafisos. «Son como la víbora y el sapo, tratan de no cruzarse porque cuando esto ocurre alguno queda en la estacada». Y esta vez el cruce se dio en el Karina. Nadie planificó nada. Ni el Vasco tenía pensado salir esa noche, ni su asesino tenía previsto matar a nadie. Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Esta que les estoy contando fue así. Si un ladrón es un hombre honorable en lo suyo, desprecia al cafiso porque considera que no es de hombre bien nacido vivir de una mujer. Pero un cafiso tiene sus propios códigos y en ese «libro» la palabra «honor» está ausente, es algo tan extraño como que te cuenten que lo oyeron al viejo Vizcacha hablando en inglés o en latín. Los cafisos saben muy bien por donde tienen cosquillas los ladrones y entonces, esa noche en el Karina, el cafiolo Mojarrita después de soportar una arenga burlona del Vasco, le recuerda que los ladrones no son más que una manga de giles que se arriesgan la vida robando un banco para después gastarse la plata con las mujeres «que trabajan para nosotros». Eso fue lo que le respondió el cafiolo Mojarrita al Vasco.

 

VI

«Y ahí fue cuando el hombre se salió de las casillas. Y tenía con qué hacerlo, sobre todo con el Mojarrita que para lo único que era guapo era para pegarle a las mujeres. Y así fue la cosa. Yo creo que el Vasco lo que pretendía era darle al Mojarrita un par de coscorrones como para que aprenda. Conociendo al hijo de mi compadre, le digo que a ese cafiso el Vasco podía pelearlo con una mano atada y así y todo le estaba sacando demasiada ventaja. Cuando la gente se va a las manos las cosas ocurren muy rápido. Yo no sé si el Vasco advirtió que Mojarrita estaba cebado en la confianza que se tenía o no le dio importancia al mocito que estaba con él compartiendo una copa en la barra. Y allí fue cuando el diablo metió la cola. Porque ese mocito, que después me dijeron que es incapaz de matar a una mosca, cuando lo vio a su amigo en apuros, manoteó un revólver que estaba en el bolsillo de su amigo y le metió un cuetazo al hijo de mi compadre entre ceja y ceja. Y lo dejó seco en el acto».

 

VII

Vinieron algunas preguntas y don Manuel no se privó de alguna cachada, como cuando no recuerdo quién de los presentes mencionó que a las pocas noches alguien o algunos se ocuparon de prenderle fuego al Karina. «Perdone don Manuel, pero me parece que lo que pasó esa noche, cuando lo despenaron al Vasco, fue algo más que un malentendido». Don Manuel respondió con desgano y «sonriendo para adentro»: «Las cosas fueron como yo se las he contado. Ahora, si lo que usted quiere es una película de ‘comboys’ (así lo dijo) vaya el cine y si no tiene plata para la entrada yo se la pago…al Karina, le prendió fuego el dueño, y a la fogata la armó no para vengarse de nadie sino para cobrar el seguro. Nunca se olvide, muchacho, que después del apuro solo queda el cansancio. Y que el caballero dueño del Karina es capaz de morirse un día antes de lo previsto para confundirlo a San Pedro y, de paso, sacarle ventaja al diablo».

 

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