Crónicas santafesinas

 

I

«Santa Fe» es el tema exclusivo de esta columna. La ciudad de Santa Fe. Mi ciudad. Como escribe Cavafis: «No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre./ Volverás a las mismas calles./ Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;/ en la misma casa encanecerás./ Pues la ciudad es siempre la misma./ Otra no busques -no la hay-/ ni caminos ni barco para ti./ La vida que aquí perdiste/ la has destruido en toda la tierra». Algo sombrío, algo melancólico, pero ¿quién dijo que lo sombrío o lo melancólico no es poético y bello? Me voy a permitir no ser tan trágico como Cavafis. Con Santa Fe siempre tuve una buena relación. Yo no diría, como Borges, que con la ciudad no me une el amor, sino el espanto. Santa Fe jamás me produjo espanto. Nunca me produjo espanto, pero sí estoy seguro de que en estas calles, en las calles de esta ciudad, viví exclusivos momentos de felicidad. De vez en cuando converso con amigos que han renegado o reniegan de ella. No es mi caso. Jamás renegué de mi ciudad. Me encanta Buenos Aires; soy feliz en Montevideo; disfruto de Madrid; amo a París, pero un mes, dos meses, tres a lo sumo, después regreso a mi ciudad. En realidad nunca me voy de Santa Fe. Con la revolución de las tecnologías, yo he leído El Litoral en un bar de Budapest, en el lobby de un hotel de Praga, en la galería de una cabaña en un kibutz de Israel, en un pueblito encantador de España llamado Ronda donde se dice que descansan los restos de Orson Welles y a donde Hemingway iba con frecuencia a disfrutar de las corridas de toros. En cualquier lugar del mundo y a cualquier hora regreso, aunque sea por un ratito, a Santa Fe. No puedo evitarlo. Es más, lo disfruto, lo necesito. Como me dijera alguna vez un amigo muy santafesino que por por esas cosas de la vida vivía muy lejos de Santa Fe: «Extraño hasta los mosquitos».

II

Muchas veces conversamos con amigos acerca de las relaciones que mantenemos con la ciudad donde vivimos y muy probablemente muramos. Cada uno guarda en su interior un pedacito de la ciudad propio, intransferible, una ciudad con su paisaje, sus recuerdos, sus leyendas, con aquellas experiencias únicas, aquellas experiencias que nos hacen exclusivos. Recuerdo que un amigo que ya no está renegaba de la ciudad, la consideraba opresiva, asfixiante, ruinosa. Creo con todo respeto que tenía otros problemas, problemas de los cuales la ciudad era inocente, pero él sin detenerse en demasiadas explicaciones renegaba de Santa Fe. Recuerdo que en algún momento le dije: «Si mi concepto negativo de la ciudad fuera la mitad del que vos tenés, yo ya hubiera hecho lo posible o lo imposible para irme, porque se me ocurre que la vida debe ser algo horrible si además de los problemas cotidianos que nos aquejan vivimos en una ciudad que no soportamos». No recuerdo bien qué me contestó, pero más allá de detalles a las conclusión que arribamos, aunque por caminos diferentes, es que la relación que mantenemos con nuestra ciudad es algo así como un espejo de los mayores o menores niveles de madurez afectiva. Dicho con otras palabras. A cierta edad debemos ajustar cuentas con nuestra ciudad, hacernos cargo de ella, reconciliarnos si es necesario, admitir que nuestra vida está comprometida con ella. Si no es así es, me temo, porque somos unos inmaduros con ganas de llorar por juguetitos perdidos vaya a saber uno dónde. Yo tengo mis problemas que seguramente en sus trazos gruesos son los problemas de todos, pero mi relación con la ciudad es una de mis satisfacciones cotidianas. No es resignación, es experiencia, síntesis de experiencias vividas, es, y no lo digo con pedantería, lucidez, lucidez en el sentido de capacidad de percepción acerca de cómo diría el título de un programa famosa: «Mi ciudad y mi gente».

III

No soy santafesino, soy de Sunchales, pero desde mi lejana infancia estuve vinculado de una manera u otra con la ciudad. Mis recuerdos de infancia son la terminal de ómnibus que entonces estaba por calle Mendoza al frente del Correo; o el Baviera de Mendoza y 25 de Mayo. Hay un paisaje que no sé si me pertenece o es una imagen sacada de la película «Tire die»: el panorama de una ciudad en general de casa bajas. Es un paisaje de luz: un cielo azul, el sol y los techos de las casas. Ese paisaje se llama Santa Fe. Hay un bar en la esquina de bulevar y Urquiza al que asisto con mis padres: ellos toman cerveza y yo una Bidú porque, ya lo sabemos, en Santa Fe la Coca Cola no entra. Desde ese bar retengo la imagen del Ministerio de Agricultura, es la imagen de un edifico majestuoso, el edificio que para un chico de pueblo solo se puede construir en una gran ciudad. Hablaba de calle Urquiza: mantengo borrosa la imagen de una calle con los árboles talados. Después supe que entonces había un intendente al que le decían «Hacha brava», que hasta se dio el lujo de promocionarse como candidato invocando el emblema del hacha. Hay un patio cervecero, creo que por calle Sarmiento, al que asisto con mis padres y los amigos de mi padres. Los chicos jugamos en la calle: en la memoria, lo que tengo presente es jugar a «las escondidas». Hay un puerto donde tomamos la lancha para ir a Paraná. Me gustaba ese viaje. Me gustaba subir a la lancha y sentarme del lado de la ventanilla. Hay un viaje que no olvido: llueve y el viento sopla fuerte. Sin embargo, no tengo miedo. Santa Fe es también eso: la lancha. Es la única ciudad que conozco, que visito con mis seis o siete años en la que hay una lancha. Desde la lancha están presentes en el horizonte: Alto Verde y el Puente Colgante. Solo en Santa Fe hay un Puente Colgante: lindo o feo, destruido, robado y vuelto a construir, pero santafesino. Hay un cine que se llama Esperancino al que voy con los hijos de los amigos de mis padres a ver dos películas a la hora de la siesta. Cuando no es el Esperancino, es el Doré. Hay un plaza, después sabré que se llama Pueyrredón, en la que se celebra un acto del Partido Demócrata Progresista. Calculo que debe ser el año 1956. Perón ha sido derrocado no hace mucho tiempo. Y el que habla, por lo que alcanzo a escuchar, se llama Luciano Molinas. Hay un comedor en avenida Freyre, creo que se llama Carlucci, que a papá le encanta ir y cada vez que estamos en Santa Fe cenamos o almorzamos allí. Mi plato preferido es milanesa con huevo frito y papas. A esa edad no hay colesterol y el hígado digiere tuercas y tornillos sin que se le mueva un pelo. Hay una calle, no sé si 1ª de mayo o 4 de Enero, por la que transita un tranvía. En la infancia de chico de pueblo que visita Santa Fe hay tranvías. Alguna vez lo entrevisté a Carlos Monzón y le pregunté qué es lo que más recordaba de Santa Fe y me respondió: «Los tranvías». Y lo que recuerdo no es tanto la respuesta como la cara de felicidad que puso para decir esas dos palabras: «Los tranvías».

IV

Emilio Toibero, a mi criterio uno de los mejores críticos de cine del país, un amigo que ya no está, que murió muy solo en Rosario, pero que vivió muchos años en Santa Fe, siempre hablaba de «mi ciudad rodeada de ríos». Y a mí me gustaba esa imagen: Santa Fe rodeada de ríos. Plagiando a un gran poeta, diría «Un fresco abrazo de aguas la nombra para siempre». El poeta -Mastronardi- está hablando de la provincia de Entre Ríos, claro, pero podemos tomarnos la licencia de extender la imagen para nuestra ciudad. «Mi ciudad rodeada de ríos». Aunque ocasione mosquitos y periódicas inundaciones, los ríos que nos rodean son nuestra poesía, nuestra música, nuestro horizonte de colores, de luces y sombras. Otro poeta santafesino, que desde hace décadas vive en otro país, alguna vez escribió sobre la ciudad, pero no la ciudad en general, sino sobre un «pedacito» de ella, un «pedacito» de agua y orilla. El poema se llama «Laguna Setúbal» y el autor es Gabriel Rodríguez : «Una laguna se desborda sin ruido en tu memoria/ a su orilla se ordenan las casas solariegas/ los árboles altos de un verano sin término,/ las muchachas doradas que el tiempo/ enterrará cuando entierren tu cuerpo./ Una laguna así te provoca/ con su calma o su arrebato/ borda el cielo con bandadas de patos;/ las calles desembocan en ella mansamente/ los pasos se hunden en la arena/ el cuerpo marcha al encuentro del alba/ abres tus brazos como si fueras/ los molinos que en verdad vio Quijano./ Como él estás solo y desnudo/como él, eres pasión y molino/ sentado en la noche/ en pleno desierto».

Noticia de: El Litoral (www.ellitoral.com) [Link:https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/311985-santa-fe-mi-ciudad-cronicas-santafesinas-opinion-cronicas-santafesinas.html]

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