El 16 de abril de 1879, el general Julio Argentino Roca iniciaba la Campaña del Desierto. Se trataba de una campaña militar y no de una expedición, porque para cumplir con las metas propuestas era necesario combatir a las diferentes tribus aborígenes instaladas a no más de 300 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.
Hacia 1879, el gobierno nacional disponía de amplios recursos materiales para afrontar sin demasiados riesgos la llamada campa del desierto. El éxito del emprendimiento siempre estuvo fuera de discusión. Y en 1880 podía concretarse aquello que, debido a la guerra con el Paraguay y la sucesión de luchas civiles, no había podido hacerse antes. A partir de la presidencia de Avellaneda, el objetivo de ampliar la frontera se transformó en una prioridad. El ministro de Guerra, Adolfo Alsina, programó la famosa zanja que habría de extenderse por más de trescientos kilómetros. Su consigna intentaba diferenciar el objetivo de poblar el territorio de la tarea de liquidar a los indios. Sus declaraciones son sugestivas: «El plan del Poder Ejecutivo es contra el desierto para poblarlo y no contra los indios para destruirlos».
Alsina murió en 1877 y Julio Roca se hizo cargo de la cartera de Guerra. Roca había criticado la estrategia defensiva de Alsina. Sus declaraciones son muy claras: «El mejor sistema para combatir a los indios -ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro- es el de la guerra ofensiva».
Si el objetivo de Alsina era el de proteger los intereses de los ganaderos de la provincia de Buenos Aires, el de Roca era nacional, mucho más extendido, más sistemático. También, mucho más eficaz. Estanislao Zeballos -santafesino, para más dato- fue quien le dio soporte intelectual a la campaña, y el que más insistió en advertir que, si esta tarea no se hacía a tiempo, la llevarían a cabo los chilenos o los ingleses, con la previsible recompensa en tierras.
En los primeros meses de 1879, Chile le declaró la guerra al Perú. Esta consideración fue tenida muy en cuenta por el gobierno nacional a la hora de iniciar la ofensiva. Los indios no eran ni chilenos ni argentinos, pero era un secreto a voces que se las ingeniaban para negociar con el gobierno chileno. Allí encontraban refugio y mercado para la venta del botín de sus malones.
En términos económicos, a la campaña del desierto hay que pensarla como la estrategia de las clases propietarias para fortalecer su condición dominante. Si el modelo de acumulación económica era primario-exportador, el principal insumo lo constituían las tierras. A diferencia de los Estados Unidos, esta tarea no fue realizada por granjeros, sino por el Ejército. A diferencia del país del norte, los beneficiarios de estas millones de hectáreas no serían los granjeros, mucho menos los milicos, sino los especuladores y los terratenientes.
La Conquista del Desierto se realizó de acuerdo con los procedimientos legales. El Congreso dictó una ley habilitando el emprendimiento y otorgando los fondos económicos. Algunos historiadores consideran que en 1879 el poder de los caciques estaba en decadencia y, más que de una campaña militar, habría que hablar de un paseo. Exageran, pero no mucho.
La campaña de Roca se inició en abril de 1879 y concluyó en mayo de ese mismo año. Es decir, duró algo más de un mes. Roca hizo el recorrido en carroza. El 24 de mayo llegó a Choele Choel y entregó el mando de su columna al general Conrado Villegas. «He descubierto que en el desierto no hay indios», diría Roca con su habitual causticidad. Implacable, Sarmiento le respondería: «Roca nos ha enseñado dos cosas: que en el desierto no hay indios y que en la Argentina no hay ciudadanos». En 1885, sería más preciso: «Fue un paseo en carroza a través de la pampa cuando no había en ella un indio… todo fue un pretexto para levantar un empréstito enajenando la tierra fiscal en cuya operación la Nación ha perdido 250 millones de pesos oro».
En la expedición participan alrededor de seis mil soldados organizados en cinco divisiones. También participan periodistas, sacerdotes y científicos. La campaña como tal no duraría más de dos meses. Y el saldo muestra cinco caciques prisioneros, alrededor de 1.300 indios muertos y más de doce mil cautivos.
A partir de 1881 hubo otras campañas que se extendieron hasta 1885. A los indios se los derrotó en toda la línea. Sus caciques fueron tomados prisioneros o muertos, sus guerreros cayeron en combate y sus hijos y mujeres se redujeron a una condición servil. En ningún momento el Ejército estuvo en peligro. Los grandes generales de la campaña fueron el telégrafo, el tren y el remington. Frente a estos «combatientes» los indios no tenían ninguna chance.
El Estado nacional terminó de constituirse en la llamada Campaña del Desierto. Los antecedentes de su itinerario tampoco fueron amables. El aniquilamiento de las montoneras y la federalización de la ciudad de Buenos Aires fueron los hitos de un recorrido que concluyó alrededor de 1880, cuando el Estado perfeccionó lo que se conoce como el monopolio legítimo de la violencia, el principal atributo de la estatidad.
El trato a los prisioneros no difirió del que le dieron en su momento al gauchaje montonero. La suerte de las mujeres y los niños fue miserable. Las más afortunadas pudieron trabajar de sirvientas en Buenos Aires, pero a la mayoría les aguardó un destino mucho más humillante. En París, Lucio V. Mansilla recordaba con un leve sentido de culpa las amargas y sabias profecías del cacique Mariano Rosas: «Hermano… cuando los cristianos han podido nos han muerto. Y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte, pero no nos han enseñado a trabajar ni nos han hecho conocer a su Dios… Y, entonces, hermano… ¿qué servicios les debemos?».
De todos modos, si se me permitiera dar un consejo, antes de entrar en tema, advertiría sobre la tentación de moralizar en la historia y, muy en particular, llamaría la atención sobre esos historiadores que inician el discurso histórico con generalidades moralizantes, un hábito que en algunos casos responde a la buena fe, pero que en otros obedecen al afán de conquistar al lector desprevenido con recursos sentimentales y argumentaciones tramposas, disimuladas al calor y a la luz de los fuegos artificiales de la supuesta indignación moral. El segundo consejo que me atrevería a dar sería el de no asignarles a los protagonistas de entonces valores morales que en aquellos tiempos no estaban presentes, o por lo menos no tenían el nivel de generalización que poseen ahora. Por último, y con la promesa de no dar un consejo más, alertaría sobre la tendencia a calificar el desarrollo de la historia en términos de buenos y malos, o a reducir su devenir al protagonismo de hombres extraordinarios. Antes que condenar o alabar, el historiador se propone el objetivo más modesto de entender. Dicho de una manera más terminante: la historia no juzga, interpreta y comprende.
Cuando en 1879, el Congreso votó destinar fondos para iniciar la Campaña del Desierto no sólo que dio los medios materiales para cumplir con ese objetivo, sino que la legitimó moralmente. La Campaña del Desierto fue dirigida por Roca, pero fue avalada por la clase dirigente de la época. El señor Felipe Pigna podrá sensibilizar a su auditorio rompiendo un billete con la efigie de Roca en una conferencia, pero la realidad es que el responsable político de la campaña fue Nicolás Avellaneda, el dirigente más pacífico y más humanista de la Generación del 80.
Si Avellaneda fue el responsable político del supuesto genocidio, José Hernández fue el responsable literario. Las opiniones que Martín Fierro tiene del indio son definitivas. Si no fuera un personaje literario nuestros indigenistas lo calificarían de genocida, y Osvaldo Bayer y Pigna ordenarían la censura del libro, que no sólo la emprende contra los indios, sino también contra los negros y los italianos.
Para 1880, existían los indios pero no los indigenistas. Tampoco existían las fundaciones y los subsidios que hoy facilitan y hacen muy atractivo el oficio. Sin indigenistas que les recuerden sus obligaciones morales, para los gobiernos de entonces terminar con el problema del indio era un imperativo económico, pero también social, porque de lo que se trataba era de proteger de los malones a la población de la campaña.
Que la tarea era bien vista entonces, lo demuestra el hecho de que cuando Roca concluyó la campaña del desierto su prestigio político era formidable. A nadie, ni siquiera a su adversario más enconado se le hubiera ocurrido, en ese momento, acusarlo de genocida por lo que acababa de hacer. No sólo la clase dirigente aprobaba lo hecho, también los vecinos de la campaña estaban de acuerdo.
Es que para un estanciero, pero también para una familia agricultora o un gaucho o un peón, la cuestión acerca del indio no admitía dudas. Para ellos el indio era el alarido del salvaje; su relación con ellos era la pesadilla y el horror de los malones, el resplandor del incendio, el cautiverio de las mujeres, el robo del ganado y la muerte.
Seguramente que un indigenista se hubiera encontrado con muchas dificultades para explicarle a esa gente que el indio era el habitante originario, y que su violencia era la respuesta estructural a la civilización del hombre blanco. También hubiera tenido serias dificultades para entenderse con los indios, a quienes sus teorías del siglo XXI le hubieran parecido ridículas y extravagantes.
Para bien o para mal, la Argentina se termina de constituir como nación en los años ochenta. Y la Campaña del Desierto fue una de las decisiones que afianzó esa nacionalidad en términos económicos, territoriales y sociales. Que la campaña incluyó la apropiación de tierras por parte de la oligarquía terrateniente, no debería llamar demasiado la atención, ya que el modo de acumulación estaba fundado en la propiedad extensiva de la tierra, en el marco de una economía abierta primaria exportadora.
Censurarle a la clase dirigente de entonces haber emprendido ese camino es no hacerse cargo de las modalidades de nuestro desarrollo histórico. Es probable que las decisiones tomadas respecto de la resolución del problema del indio podrían haberse suavizado y, efectivamente, hubo algunos dirigentes que hicieron interesantes observaciones al respecto. Pero suponer que un bloque dominante en el camino de organizar un Estado y constituir una nación renunciara a sus objetivos históricos, porque en un súbito ataque de culpa se le ocurriera asumir su condición de invasores o de blancos viciosos y corrompidos, es un planteo descabellado y estúpido.
No se trata de legitimar el exterminio de los indios en nombre del progreso; de lo que se trata es de no invertir la relación y transformar a los indios en el paradigma de la civilización. En la historia como en la vida la desmesura suele ser la peor consejera. El indigenismo en ese sentido es la desmesura, una desmesura teñida de ideología y anacronismos, que más que hablar sobre lo que sucedió en 1880 habla sobre lo que espera que ocurra en el 2021. El indigenismo como corriente ideológica impugna la modernidad. Las críticas a sus excesos las hace en nombre del retorno a un pasado tribal. La defensa del indio en el siglo XIX condena al indio del siglo XXI a vivir cristalizado en un pasado de oprobio y derrota. Para preservar su identidad le bloquea la posibilidad de constituirse como ciudadano.
Para referirse a los indios, los españoles y los criollos usaban el término «salvajes». La palabra era empleada como un adjetivo descalificativo. El salvaje era, al decir de un cineasta italiano, feo, sucio y malo. Los historiadores, por lo menos algunos, hoy emplean el mismo término pero para ellos no es un adjetivo, sino un sustantivo. El salvajismo antes que una condición moral es un estadio de desarrollo.
A la calificación no la inventa doña Rosa, sino Morgan, uno de los antropólogos más brillantes de su tiempo, para aludir a sociedades que se distinguen por una determinada actividad productiva, una concepción de la propiedad, un modo particular de constituir la familia, de organizar la convivencia, de establecer sus símbolos y sus mitos.
Los indios que vivían en estas tierras en el tiempo del virreinato podrían haber estado en los estadios inferior o medio del salvajismo. Eran tribus nómades, que vivían de la caza. Los arreos de ganado cimarrón fueron durante años su principal medio de vida. Cuando para fines del siglo XVIII ese ganado cimarrón empezó a agotarse, se agravó la relación con los blancos.
El malón era para ellos una variante legítima de la caza. No fueron los primeros en practicarlo. A miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio, las tribus germanas habían hecho lo mismo mil años antes. Carlos Marx calificó ese estadio de desarrollo fundado en el nomadismo y la depredación como «modo de producción germánico». Cabe imaginar la sorpresa de Catriel o Pincén si se hubieran enterado de que sus inocentes tropelías en la frontera merecían una calificación tan sofisticada.
Para referirse a los indios, los indigenistas hablan de los habitantes originarios y el término se ha impuesto gracias al aval oportunista del pensamiento políticamente correcto. En la historia de la humanidad los únicos habitantes originarios podrían ser Adán y Eva. De allí en adelante, nadie está en condiciones de arrojar la primera piedra. A través de los siglos, los pueblos se han ido desplazando mediante guerras y conquistas. El status jurídico de nación y el concepto de Estado son atributos de la modernidad, un producto cultural de las sociedades civilizadas que carece de validez para sociedades que viven en otros estadios de desarrollo.
En este continente, antes de que llegaran los europeos, el desplazamiento era la constante. La conquista, el exterminio, la opresión no fueron inventos exclusivos de los europeos. En nuestras pampas, los supuestos habitantes originarios llegaron del otro lado de la cordillera. El ganado cimarrón los atrajo. Para mediados del siglo XVIII, habían liquidado o asimilado a otras tribus que, si siguiéramos la lógica de nuestros indigenistas, podrían reivindicar su condición de originarias.
Para ser coherentes, Osvaldo Bayer y Felipe Piña deberían iniciarle un juicio por genocidio a Calfucurá, acusándolo de haber exterminado a los pueblos patagones y tehuelches, entre otros. Y, además, por no respetar los derechos humanos de las cautivas.
Nada de ello impide admitir que os araucanos fueron un pueblo altivo y guerrero. El viajero Alcides D’Orbigny los describe con palabras elogiosas. «Son arrogantes en sus modales, audaces hasta la temeridad, no temen ni a la muerte. Son hombres que se envanecen de su salvaje libertad». En otro párrafo les reconoce más méritos: «Me hacía a veces traducir sus discursos y me asombraba la claridad de sus ideas, la fuerza de sus argumentos, me sorprendía el brillo de sus figuras, la poesía de su lenguaje, la justeza de sus comparaciones».
Un concepto interesante para pensar históricamente la relación entre indios y blancos es el de «frontera». La frontera es un espacio móvil, «el borde exterior de la ola». A la frontera no hay que pensarla de manera estática, menos aún como una muralla. Es, en principio, un punto de conflicto y encuentro entre dos civilizaciones. La frontera son esas últimas poblaciones que el gaucho Cruz invita a mirar a Martín Fierro, provocando uno de los lagrimones más sobrios de la historia de la literatura nacional. Es también el sitio donde la guerra y la paz conviven en un frágil equilibrio. La frontera es el espacio de la oportunidad, del peligro, de la vida y la muerte, la esperanza y el fracaso. En sus inicios, el poder de Rosas se construyó en la frontera. El futuro del Estado nacional se asegura definitivamente en la frontera.
El colono, el soldado, el pulpero, el renegado, son los protagonistas de la frontera. La relación con los indios a veces es pacífica, a veces es violenta. En ese espacio que nunca se termina por definir ocurren muchas cosas. Las diferencias a veces no son tan visibles. El rancho del gaucho se confunde con el toldo del indio. No es el único punto de coincidencia.
Desde los tiempos del virrey Vértiz hasta Avellaneda, la estrategia de la frontera es el fuerte, la misión, el ejército de línea y el colono. Finalmente, será el ejército el que resuelva esa diferencia. El ejército, que no estará al servicio de los escasos colonos, sino de los codiciosos terratenientes y los ávidos especuladores.
La estrategia de los gobiernos hispanos y criollos hacia el indio no siempre fue agresiva. En 1811, una delegación indígena se hizo presente en Buenos Aires para expresar su apoyo a la Revolución de Mayo. Feliciano Chiclana los recibió con estas palabras: «Bástenos decir que somos vástagos de un mismo tronco. Amigos compatriotas, hermanos, unámonos para construir una sola familia».
San Martín los convocó. Y antes habían hecho lo mismo Castelli y Monteagudo. La integración nunca fue fácil. Los indios podían pelear en los ejércitos criollos, pero con la misma convicción galopaban detrás del pabellón de Fernando VII. No es justo imputarles traición. Para ellos, la condición de argentinos, chilenos o españoles significaba absolutamente nada. «Yo no chileno… no argentino… yo paisano…», decía Calfucurá.
Fueron guerreros valientes. Mataban y morían con inocencia. No conocían el miedo. Tampoco la piedad. Las virtudes que cierta literatura criolla reconoce a los gauchos proviene de la tradición indígena. Los grandes rastreadores y baqueanos del desierto fueron los indios. Nadie como ellos para domar a un caballo con caricias y paciencia.
Montado en su flete, el indio era capaz de atropellar al diablo si se le ponía en el camino: «Tiemblan las carnes al verlo/ rebelde al viento la cerda/ las riendas en la mano izquierda y la lanza en la derecha/ donde enderieza abre brecha/ porque no hay lanzazo que pierda», dice Martín Fierro.
Estos singulares imperios del desierto contaban con sus jerarquías y sus códigos. Sus caciques podían llegar a ser políticos intrigantes y sabios. Mansilla califica a Mariano Rosas como «el Talleyrand del desierto». De Calfucurá decían con temor reverencial que era «el Atila de las pampas». En combate de igual a igual, los araucanos eran invencibles. Los españoles jamás pudieron derrotarlos. Almagro desistió de sus afanes de conquista. A Valdivia le costó la vida hacerse el guapo. El mejor poema de la literatura española en estas tierras está dedicado a ellos.
Sin exageraciones podría decirse que inventaron la guerra de guerrillas. Las famosas montoneras que despertaron la admiración de un estratega como el general Paz fueron también un invento de ellos. Su coraje, su astucia, no pueden hacernos perder de vista lo principal. Su causa no tenía destino histórico. Podían resistir, pero no estaban en condiciones de imponer a los blancos una alternativa superadora. Tarde o temprano, llegaría Roca acompañado de los generales Remington, Telégrafo y Ferrocarril.