Carnets: El poder y la banda

 

Noticia de: El Litoral (www.ellitoral.com) [Link:https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/349493-el-poder-y-la-banda-carnets-opinion.html]

I

 

El presidente de Ucrania declaró persona indeseable a su colega de Alemania, Frank-Walter Steinmeier. ¿Motivo? La decisión del gobierno alemán de seguir importando gas ruso. Según Steinmeier su país necesita recursos energéticos como el sediento agua. Muy solidarios con Ucrania pero las necesidades económicas y sociales internas se imponen. Razón de estado que le dice. Racionalidad que más de una vez se contradice con valores éticos. Recuerdo que cuando en 1936 se inició la guerra civil en España, el gobierno socialista francés de León Blum manifestó su solidaridad con los republicanos. Pero a la hora de comprometerse con el envío de armas, las presiones internas y externas fueron tan altas que se vio obligado a declarar el principio de no intervención. Años después, Raymond Aron justificaba a Blum diciendo que un jefe de Estado no puede tomar una decisión de política exterior si la mitad de la población está decididamente en contra.

 

II

 

Desde diferentes espacios políticos y religiosos le reclaman al Papa que condene a Vladímir Putin. Por razones de prudencia, que la milenaria y prudente diplomacia del Vaticano conoce muy bien, no lo hace. Su Santidad sabe, además, de la gravitación de Rusia y las complicadas relaciones históricas y teológicas que mantiene con la iglesia ortodoxa rusa y sus severos popes. Sin duda que no es cómoda la posición de Francisco. «Condena a Putin, condena a Putin». La cantinela me recuerda al sacerdote que mientras Voltaire agonizaba le repetía «Condena a Satanás, condena a Satanás». Idéntico a sí mismo a pesar de la cercanía de la muerte, Voltaire le respondió: «¿Le parece que éste es un momento oportuno y prudente para andar peleándome con alguien?».

 

III

 

En lo personal me he resignado a desistir de hallar una respuesta acerca de las relaciones entre política y moral. Max Weber en su momento aconsejaba a los aspirantes a dirigentes que si lo que desean es la salvación de sus almas no deben transitar por esas avenidas. Konrad Adenauer, virtuoso político y destacado por su moderación, afirmaba que «el arte de la política consiste en saber cuándo es necesario golpear al oponente por debajo de la cintura». Franklin Delano Roosevelt, dijo alguna vez: «Cuando veas una serpiente de cascabel a punto de morder, no esperes que lo haga para aplastarla». Más ambiguo, deliberadamente ambiguo, fue Lyndon Johnson: «Los políticos somos personas que estamos a favor de muchas cosas y en contra de muy pocas».

 

IV

 

Anécdota policial. Policial, pero algo más. ¿Lugar? Imaginemos Rosario. Personaje: un comisario comprometido con el narcotráfico. ¿Estrategia defensiva? «Los periodistas y los políticos odian a la policía». En el acto mi memoria me trasladó a una novela de Raymond Chandler, con Philip Marlowe de protagonista. Un comisario de Los Ángeles lo acusa de lo mismo. «Usted no es más que un pobre tipo que odia a la policía». Marlowe le responde como solo él sabía hacerlo: «Sé de lugares donde a la policía no se la odia, pero en esos lugares usted no sería policía».

 

V

 

No sé si alguna vez sabremos de los motivos reales de las disidencias entre Tristán Bauer y Luis Puenzo. Lo seguro es que las disidencias existen. Se dice que la disputa por el poder explica todo. Puede ser, siempre y cuando nos pongamos de acuerdo acerca de las modalidades de esa disputa. Es probable que Puenzo como Bauer quieren disponer de más atribuciones, más posibilidades para nombrar y «desnombrar» personal, incluso de disponer de mayores partidas presupuestarias. Pero conociendo las «neurosis» del campo intelectual, me temo que el fondo de la disputa está más cerca de Narciso y Ego que de otros témpanos del poder. Woody Allen, que algo conoce de estos temas, alguna vez dijo: «Los intelectuales son como la mafia, solo se matan entre ellos». Bauer y Puenzo tal vez algo sepan de estos menesteres. A los dos, como a los que los suceden en éstas o en otras responsabilidades del poder, les recuerdo una sentencia de Al Capone: «No importa cuántos favores hagas, al final te recordarán por el que no hiciste».

 

VI

 

Las relaciones de la política con la mafia han dado lugar a películas y novelas célebres. Mi preferido en el cine es Coppola y en literatura Leonardo Sciascia. En la misma línea podría incluir a Mario Puzo, Vázquez Montalbán, Roberto Saviano o Andrea Camilleri. El romance entre mafia y política da lugar para tejer las tramas más interesantes, en todos los casos alimentadas por su referencia con lo real. La frase que me resultó más interesante la pronunció Pepe Carvalho, no recuerdo en qué novela. Dice el detective de Vázquez Montalbán: «Han logrado que los políticos, los mafiosos, la iglesia y el pueblo piensen más o menos lo mismo».

 

VII

 

Don Manuel Fraga Iribarne, además de gallego, fue uno de los políticos más destacados de España, motivo por el cual también fue uno de los más controvertidos. Su popularidad no se contradecía con su astucia y su conciencia acerca de los símbolos del poder. Después de la muerte de Franco su aporte más decisivo a la transición consistió en asistir a la representación de un libro de Santiago Carrillo, el jefe del Partido Comunista. Hay que conocer los rigores de la guerra civil y el clima de beligerancia política para entender la grandeza de ese gesto proveniente de alguien que nunca disimuló su rechazo al comunismo. Don Manuel sabía de los rigores del poder y lo demostraba cada vez que se presentaba la ocasión. Cuando le reprocharon haber impedido una concentración que reclamaba su renuncia, respondió con las siguientes palabras. «Si como gobernante no garantizo que la calle sea mía, lo que debo hacer es volver a mi casa a jugar con mis nietos». ¿Qué hubiera hecho don Manuel con los piqueteros argentinos y sus acampes? Vaya uno a saberlo. Lo seguro es que, conociendo su personalidad, el hecho no le hubiese gustado para nada y habría hecho lo posible y lo imposible para impedirlo. A no asustarse: Fidel Castro, Vladímir Putin o Xi Jinping harían lo mismo.

 

VIII

 

¿Qué hacer con la calle? Es una pregunta decisiva que no suele disponer de respuestas convincentes. Los autoritarios no permiten que ningún coro los fastidie; los demócratas toleran la disidencia, pero dejarían de ser gobierno sino aspiraran al orden. Se dice que cuando en 1968 las barricadas de los estudiantes de París proclamaban la revolución, Charles de Gaulle estuvo tentado en sacar el ejército a la calle e interrumpir con malos modales las celebraciones de los jóvenes. Raymond Aron estaba furioso y declaraba que no podía consentir que un grupete de niños malcriados pongan en jaque a Francia. A André Malraux se le ocurrió organizar una manifestación de veteranos de la segunda guerra que solo dio lugar a ironías acerca de las heridas incurables que el paso de los años provoca incluso en hombres que alguna vez fueron generosos y valientes. La única respuesta políticamente valiosa al conflicto la dio el ministro de De Gaulle, don Georges Pompidou. «Una democracia que merezca ese nombre no puede resolver la disidencia callejera con un baño de sangre». ¿Y entonces? La respuesta fue muy didáctica: «Dejémoslo que se den sus gustos. Antes de fin de mes se quedarán solos y aburridos. No me preocupan los estudiantes revoltosos, me preocupa que las clases medias francesas los apoyen. Cuando logremos que ese apoyo se retire habremos ganado la partida». Y así fue.

 

IX

 

Habla Cristina Kirchner. Es notable. Nos podrá gustar o disgustar, pero cada vez que habla todos la escuchamos. Dos o tres políticos a lo máximo producen ese efecto. Su discurso no sorprende pero lo dice bien. «Una mujer debe tener dinero y una habitación si desea escribir literatura», dice Virginia Woolf. Cambiemos la palabra «literatura» por «relato» y estamos instalados con Cristina. Inicia la intervención hablando de Ella y de Él. Lo de siempre. Dice que la entrega de la banda presidencial no otorga el poder. Algo sabe la Señora al respecto. En 2011 se lo entregó su hija; en 2015 no lo entregó; en 2019 lo entregó a un señor a quien muchos argentinos califican de títere. Sabe de lo que habla. No está con Putin, pero tampoco está en contra de Putin. Pero como todos los simpatizantes vergonzantes de Putin, impugna a la OTAN. Y yo postulo que en esta guerra a los defensores de Putin se los conoce por el esfuerzo por instalar en un primer plano a la OTAN. La última opinión de Cristina es la que importa. La que le importa: el Poder Judicial enemigo de los gobiernos populares. Esa ávida nostalgia por Oyarbide.

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