Los duelos patricios

El 28 de diciembre de 1894, Lucio V. López recibió un disparo mortal. Tenía 46 años, era legislador, escritor y fue interventor de la provincia de Buenos Aires, cargo público designado por el presidente Luis Sáenz Peña a sugerencia de Miguel Cané, quien nunca sospechó que con esa sugerencia, sin proponérselo, estaba firmando su condena a muerte. Ni el derecho ni la literatura serán los responsables de este duelo y este desenlace mortal; tampoco la política, si no los prejuicios de una época y una clase social que honraba al duelo, una práctica que Richelieu en Francia había prohibido hacía más de doscientos años.

El autor del disparo fue el coronel Carlos Sarmiento, imputado de un negociado de tierras por López. Como consecuencia de ello fue detenido, pero gracias a las gestiones e influencias de los notables de su época logró recuperar la libertad. No bien salió a la calle, el coronel fue agasajado por sus amigos en el restaurante Flovet de La Plata. Allí se sucedieron los discursos de desagravio. El más duro fue el de Sarmiento, quien al otro día, el 26 de diciembre para ser más exactos, publicó un texto agraviante contra López en el diario La Prensa.

Hijo de su tiempo y de los prejuicios de su tiempo, López decidió retar a duelo a un militar que sabía manejar las armas con la misma destreza con que él manejaba las ideas y las palabras. Fue la idea más irracional de un hombre que siempre se jactó de su racionalidad y que sabía muy bien que el derecho era más importante que el anacrónico código de honor. Por alentar esos prejuicios perdió la vida, le destrozó la existencia a su mujer, a sus hijos y a su padre. Y además permitió que un corrupto se saliera con la suya.

Sus padrinos fueron Lucio Mansilla, autor de “Una excursión a los indios ranqueles” y Francisco Beazley, norteamericano y marino, quien en sus buenos tiempos había peleado al lado del almirante Guillermo Brown. Los padrinos de Sarmiento fueron el contralmirante Daniel Soler y el general Francisco Bosch. El duelo se celebró en el Hipódromo de Belgrano a las once de la mañana. Se acordó que sería a muerte. Los padrinos intentaron establecer otras condiciones previstas por el Código de Honor, pero no fue posible.

Los hombres tomaron distancia a doce metros. Dispararon casi al unísono sin consecuencias. Retornaron los cabildeos. Uno de los testigos declara que escuchó a Mansilla decir con su habitual tono irónico: “¿Qué les perece un tirito más antes de amigarse?”. Los duelistas volvieron a contar los doce metros, pero esta vez el disparo de Sarmiento da en el blanco. López cae bañado en sangre: el tiro le ha perforado el hígado, el intestino y el bazo. Sus últimas palabras en el campo del honor fueron “¡Qué injusticia, qué injusticia!”. Tenía motivos para quejarse. A Sarmiento no lo había visto personalmente en su vida; lo conocía a través de los expedientes y por su fama de corrupto.

Urgente trasladan al herido a su domicilio de Callao 1852. Su amigo Aristóbulo del Valle es uno de los primeros que se acerca a su casa. A él le dice en voz baja: “Así son, Aristóbulo, estas democracias inorgánicas”. Los médicos que lo atienden son Padilla, Piñero, Centeno y Llovet. No se puede hacer nada. El herido no pierde el conocimiento casi hasta la medianoche de ese 28 de diciembre. Sobre el filo de las doce se hace presente el padre O’ Gorman, hermano de Camila. Antes de morir López dice: “Voy a morir con la convicción de que he sido uno de los hombres más honrados del país. He levantado resistencias, pero ellas no venían jamás del lado de los buenos”. No exageraba.

Murió a la una de la mañana del 29 de diciembre de 1894. “Fulminado en plena madurez, en el basto (sic) escenario donde iba a dar su medida”, escribe Paúl Groussac. Su mujer, Emma Nappa, lloraba desconsolada; su padre, el historiador y economista Vicente Fidel López, estaba deshecho. Sus amigos no podían creer lo que había pasado. Dos días más tarde Miguel Cané le escribe una carta al autor del libro “Corazón”, Edmundo D’Amicis, en la que, entre otras consideraciones, le dice: “Lucio ha muerto en un duelo por un hombre al que vio por primera vez en el terreno y a quien como interventor había entregado a la justicia para su juzgamiento”. Cané fue uno de los oradores que lo despidió en el cementerio. El otro, fue Enrique Larreta.

El diario La Nación publicó al otro día una editorial en la que sostuvo: “Es absurdo admitir que el funcionario deba responder ante la vindicta y no ante la ley”. Vicente Fidel López estaba furioso con el diario “La Prensa” por haber publicado el libelo de Sarmiento. Sin embargo, la Justicia no hizo nada al respecto. Sarmiento no fue detenido y mucho menos dado de baja del Ejército, donde continuó desempeñándose hasta 1905. Tres años después fue electo gobernador de la provincia de San Juan y en esa condición representó a la Argentina en las fiestas del Centenario. Falleció en paz con Dios y su conciencia en 1915, a los 54 años de edad. Sólo en las películas de Hollywood los buenos ganan y los malos pierden; en la trama de la historia, las recompensas y los castigos suelen estar más repartidos.

Lucio V. López era una de las grandes promesas intelectuales y políticas de la Argentina de los años ochenta. Había nacido en Montevideo en 1848. Estudió Derecho, ejerció la cátedra y escribió uno de los libros más interesante de su tiempo: “La gran aldea”, una suerte de ensayo novelado en el que ironiza y se divierte con las costumbres de los porteños y, particularmente, de los porteños mitristas. Era hijo de Vicente Fidel y nieto del autor del Himno Nacional. Su linaje no estaba reñido con su talento y su decencia personal.

Se dice que uno de los más consternados por esta muerte fue Lucio V. Mansilla. Catorce años antes, él mismo había sido el protagonista de otro duelo famoso, el sostenido con Pantaleón Gómez. Gómez nació en 1833, peleó en Cepeda y Pavón, participó en las batallas de Yatay, Curupaytí y Tuyutí, combatió contra López Jordán en Santa Rosa y fue uno de los que arriesgó su vida brindando solidaridad durante la peste de la fiebre amarilla. Al momento de la tragedia se desempeñaba como director del diario El Nacional y sus columnas atacaban con ingenio y dureza a Mansilla. A los duelos escritos le sucedió el duelo en el campo del honor. Los hombres se encontraron en la quinta del escribano Tulio Méndez el sábado 7 de febrero de 1880. Los padrinos de Mansilla fueron los coroneles Uriburu y Godoy, y los de Gómez, los coroneles Meyer y Lagos. El día era caluroso y el cielo estaba despejado. Los hombres se saludaron y caminaron diez pasos en dirección contraria, se dieron vuelta y dispararon. Gómez lo hizo al suelo, Mansilla no. Gómez al momento de disparar dijo: “Yo no mato a un hombre de talento”. La respuesta de Mansilla fue elocuente. “Al tercer botón de la camisa”, y le atravesó el corazón. Gómez murió en el acto. Mansilla corrió a su lado, lo abrazó y con los ojos llenos de lágrimas le besó la frente. Hay que conocer los valores y el clima moral de una época para comprender estas reacciones.

Mansilla nunca pudo olvidar esa tragedia. La muerte de Pantaleón Gómez lo acompañó hasta el fin de sus días. Era su lado oscuro, el costado negro de su historia. A los pocos días viajó a Europa. Ningún juez lo acusó y la única sanción pública que recibió por esta muerte fue la de la masonería.

Una multitud acompañó a Gómez al cementerio. Hablaron más de diez oradores. El último discurso fue el de Domingo Faustino Sarmiento. Vale la pena citar algunos párrafos: “¡Muerto!…Pantaleón Gómez, el simpático, el fervoroso, el leal, el verídico, el arrogante joven. ¡Muerto! Lo ha muerto ese exceso de vida que rebulle en la juventud y brota por los poros en palabras, en pasiones, en ideas, en sentimientos, en patriotismo, prodigado sin reservas. Era Gómez el comienzo de una obra que tenía mucho de bueno, de noble y de generoso. ¡Imitadlo jóvenes! Escasea la verdad en nuestro mercado político. ¡Ay! Hemos perdido a un buen amigo y el país a un atleta joven que ensayaba sus fuerzas. Esa sepultura cavada casi en el umbral de la vida, este amigo joven que debió dejarme a mí aquí y seguir su camino, os dirige un consejo: no derrochéis la vida, no arrojéis al aire a puñados los sentimientos de honor, de patriotismo, de inteligencia. Tan nobles dotes os fueron dadas no para florecer al primer rayo de sol y morir en seguida, sino para dar frutos sazonados. Los restos de Pantaleón Gómez quedan aquí, en nuestros corazones la memoria de su hidalguía, pero en la superficie de la tierra, en esta patria que todos debemos enriquecer, Pantaleón Gómez no deja obra acabada a causa de darse prisa sin motivo suficiente, a mostrar que sabía morir, aún fuera del campo de batalla, como bueno.”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.