La muerte de Noé Adán Campagnolo

 

Quienes con impávida ligereza atribuyen a los políticos la responsabilidad de todos los males que han llovido sobre la Argentina, la vida y la muerte de Adán Noé Campagnolo deberían obligarlos a reflexionar sobre los riesgos de las generalizaciones absolutas y acerca de las injusticias que se pueden cometer con las mejores intenciones del mundo.

Campagnolo no fue un hombre extraordinario; fue simplemente un hombre leal a sus convicciones y -bueno es recordarlo- un político decente. Como toda persona pudo haberse equivocado más de una vez, pero en las cosas importantes siempre estuvo donde su conciencia le dijo que debía estar.

Quien fuera intendente de la ciudad entre 1973 y 1976 murió en un hospital público rodeado del afecto de su familia y sus amigos; el hombre que fue salvajemente torturado por los sicarios de la dictadura tuvo la dignidad de renunciar a la indemnización del Estado, tal vez porque creyera que ciertas humillaciones y agravios pueden perdonarse, pero nunca canjearse por dinero.

Fue peronista desde siempre y hasta el último día de su vida. No descubrió al peronismo en los libros, no se hizo peronista para enriquecerse o conquistar cargos públicos; al peronismo lo aprendió en la calle, en la fiesta callejera del 17 de octubre, en los rigores de la resistencia y en la lealtad a una causa que identificaba con un hombre y con una mujer a los que amó más allá de todo cálculo.

Está de más aclarar que quien escribe estas líneas no es ni será peronista y nunca tuvo nada que ver con su folclore y sus mitos pero a la hora de reconocer la hombría de bien, la identidad política nunca es lo más importante. Un hombre es siempre algo más que una afiliación partidaria; lo que importa en serio de una persona trasciende oficios o identidades políticas, aunque hay ciertos hombres en los que la dimensión humana y la filiación política suelen ser una sola cosa.

Desde su modestia, Campagnolo nos brinda el sencillo ejemplo de un hombre que en estos tiempos de relativismo moral es capaz de brindarnos silenciosas pero elocuentes lecciones; un hombre que a pesar de todo se preocupó por ser consecuente con las convicciones en las que comprometió su vida sufriendo a cambio persecuciones, quebrantos económicos y torturas.

Adán Noé Campagnolo estaba tallado en la madera rústica y noble de los íntegros; no era un teórico, no era un profesional de la política, no era un puntero o un operador, era simplemente un peronista de toda la vida, un hombre bueno, un tipo decente que pasó por la política y conoció sus infiernos, sin dejar de ser él mismo. Si es que hay un cielo para los justos, que descanse en paz. Se lo merece.

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