MARA Y PIMPI

CUARENTA Y NUEVE

-¿Tomamos un café, Mara?

-Bueno, Pimpi, pero uno cortito porque dentro de media hora tengo clase.

-¿Qué estás cursando?

-Derecho Penal.

-Me gusta ese viejo…no es muy divertido que digamos pero me gusta.

-A mí también me gusta. Sabe y explica bien. Me aburre un poco con sus citas en latín y griego. Y Homero y Platón y Sófocles y Plutarco y Marco Aurelio no se le caen de la boca.

-¿Y los habrá leído?

-Calculo que sí.

-Buenos…contame cómo andan tus cosas.

-Qué se yo como andan… si te digo bien te miento… pero si te digo mal, te miento también.

-Más o menos entonces.

-Ponele que sea así. ¿Y tus cosas?

-Las mías a los ponchazos.

-El otro día me dijiste que estabas embarazada; eso es algo más que un ponchazo.

-Seguramente…pero así son las cosas…embarazada y de Suñer.

-¿Se lo dijiste?

-Sí, se lo dije.

-¿Y?

-Como dice el bolero: “¿Y qué hiciste del amor que me juraste?”

-¿Te parece que la cosa da como para un bolero?

-Un bolero o un culebrón, qué se yo…vos sabés cómo son los hombres.

-Mira Pimpi, a esta altura del partido yo ya no sé cómo son los hombres.

-Yo a decir verdad, tampoco, pero de Camilo sí te puedo decir cómo es.

-Buenos no hace falta que te gastés demasiado: yo también lo conozco.

-Con la diferencia que la que estoy embarazada soy yo.

-Pimpi, si es un chiste, me parece que es de mal gusto.

-Perdoname, pero realmente ando como la mona.

-¿Lo vas a tener?

-¿Al chico?

-Al chico, claro.

-Por supuesto que lo voy a tener.

-¿Lo pensaste bien?

-Recontra pensado.

-¿Y Camilo qué pitos toca en todo esto?

-Nada…se lava las manos… se lava las manos en su estilo, con un alegato cargado de palabras.

-Qué hijo de puta…Pimpi…en lo que te pueda ayudar teneme en cuenta.

-Gracias Mara; yo sé que sos una amiga, pero vos sabés como son estas cosas.

-¿Cómo son?

-A vos no te la voy a contar. Agradezco tu ofrecimiento y te lo agradezco en serio, pero en estos temas una sabe que para lo que importa está definitivamente sola…pero bueno…no dramaticemos, pedime otro café y mientras tanto contame cómo andan tus cosas.

-Ya te dije que más o menos.

-¿Tenés pareja?

-No, ni quiero tenerla. Como dice un tango: cada vez que un tipo se me acerca me pongo al lado del botón.

-Sos loca, Mara…mirá las cosas que se te ocurren, con lo lindo que son los hombres.

-Cuando encontrés algo así avisame, pero no antes.

-La otra vez te vi conversando con el periodista.

-¿Con el periodista?

-Si, con ese muchacho que escribe en el diario.

-¿Cerdán?

-Ese…Cerdán.

-Mierda con esta facultad de chusmas. Compartimos un café un par de veces y ya sos la tercera que me pregunta si tengo algo que ver.

-Mirá Mara, entre gitanas no nos vamos a leer la suerte, pero vos sabés tan bien como yo que si una toma un café a solas con un amigo más de dos veces es porque algo anda pasando.

-Me parece medio antiguo lo tuyo.

-Antiguo pero sabio…pero no te me vayas por las ramas…¿pasa o no pasa nada con el periodista?

-No pasa nada. Es una relación política, institucional te diría. Él habla conmigo porque necesita información que yo le puedo dar.

-¿Y por qué vos?

-Porque la agrupación me designó para esa tarea.

-¿Por qué será que no te creo?

-Hacé lo que quieras Pimpi…yo te cuento como son  las cosas.

-Y como yo te conozco, intuyo que me estás escondiendo lo más importante.

-No pasa nada con Cerdán.

-¿No te gusta un poquito?

-Pimpi, cortala con esas pendejadas que ya no somos niñas. Me parece un tipo interesante y punto. ¿Conforme?

-¿Y con el Negro Salcedo cómo andan las cosas?

-No andan. Hace rato que no andan. Y, además, porque a la  pregunta ya la veo venir, no quiero que anden.

-Sin embargo, hasta hace unos meses estabas muy enamorada.

-Vos lo dijiste bien: “Estaba”. Ahora no lo estoy.

-Está bien, está bien, te creo. Pero si me permitís, lo mejor que se me ocurre decirte como amiga es que nunca olvidés que a un clavo lo saca otro clavo.

-Vaya una a saber. Pero desde ya te digo que ese clavo no se llama Cerdán. Pero ahora soy yo la que pregunto: ¿Con qué clavo lo reemplazás a Camilo?

-No tengo nada mano. Además, tengo tanta suerte que cuando quiera hacer eso en lugar de un clavo nuevo voy a tener dos clavos viejos y, de yapa, un remache.

-A la flauta.

-La flauta, nada. Te cuento una. La otra noche, el viernes pasado salimos con Margarita a dar una vuelta. Las dos estamos estudiando juntas y decidimos, ya que era viernes, despabilarnos un poco.

-Pimpi…no me vas a decir que una mina como vos no tiene un amigo a mano como para que la acompañe.

-No tengo un amigo, tengo un montón de amigos, pero en mi estado no estoy como para hacerme la Mata Hari

-Mata Hari…¡cuánto hacía que no oía nombrarla!

-Te sigo contando lo del viernes para que veas que los gitanos me echaron una maldición. Te decía que fuimos al cine a ver una película de esas que solo sirven para distraerte y luego decidimos ir a tomar algo a ese bar que está en San Martin y Mendoza y que nunca me acuerdo el nombre.

-El Doria.

-No, el Doria no; el que está en la otra cuadra.

-El Baviera,

-Ese…el Baviera…lleno de burguesitos…

-Pimpi, no esperés encontrar a la clase obrera en un bar de San Martín y 25 de Mayo.

-A la clase obrera no; pero algo mejor que lo que hay en el barrio.

-Por ahora no te la agarrés con los burgueses y contame qué pasó.

-Rápido. Dos tipos se acercaron. Uno de ellos parece que era amigo de Margarita, así que saludaron y después pidieron permiso para sentarse a la mesa.

-¿Y los dejaron?

-Yo por lo menos no dije que no.

-¿Estaban buenos?

-Te diría que a primer golpe de vista parecían interesantes. Dos tipos de alrededor de los treinta años, no eran Gregory Peck…pero qué se yo…estaré embarazada pensé, pero los tiempos que corren no están para andar diciendo que no a cada rato. Y mucho menos un viernes a la noche.

-Bien pensado.

-Sigo. Empezamos a conversar. Todo bien. Hablamos algo de cine, contaron que estaban estudiando Ciencias Económicas, lo cual debería haberme servido de advertencia.

-No te entiendo.

-Pero querida…¿vos viste alguna vez en tu vida algo más aburrido que un contador?

-No lo sé; nunca anduve por ese gremio.

-Y lo bien que hiciste.

-Se me ocurre que como en cualquier oficio debe haber de todo.

-¿De todo? Los que yo conozco están cortados por la misma tijera.

-Camilo no es Contador y mirá los resultados.

-Camilo es un hijo de puta, pero admitime que es interesante,

-Seguí con tu historia de viernes a la noche.

-Los muchachos hablaban, trataban de hacerse los graciosos, pero enseguida me di cuenta que eran un par de reverendos pelotudos…vos sabés cómo son estas cosas con los hombres…una palabra, un gesto, y todo se arruina…pues bien, estos tipos arruinaron todo a los cinco minutos de entrar a la cancha…y el que más se destacaba en este concurso para probar que era más imbécil, era el que se había sentado a mi lado.

–Yo no entiendo cómo puede haber tantos hombres pelotudos sueltos por esta viña del Señor.

-Libres y no pagan impuestos

-Pobres muchachos, mirá con quién fueron a dar…pero contame cómo terminó la cosa.

-Todo fue empeorando. Vos sabés que no hay nada más triste que un boludo queriéndose hacer el piola, el macho piola.

-Lo sé, claro que lo sé.

-La cosa se puso pesada y yo ya no estoy para aguantar pelotudos, motivo por el cual  en cierto momento le avisé a Margarita que si ella quería quedarse que lo hiciera, pero yo me iba. El tipo quiso decir algo, pero lo paré en seco: le dije que se quedara en el molde si no quería ligarse un carterazo en medio del bar.

-¿Y se lo ibas a dar?

-Como que hay Dios.

-Te fuiste entonces

-Nos fuimos. Y nos fuimos sin pagar la cuenta, porque…faltaba más…

-¿Qué mala suerte no?

-Justamente eso es lo que le  decía a Margarita. Toda la semana estudiando, de casa a la facultad y de la facultad a casa…estudiando, tomando mate…y la maldita noche que salimos a ver si conocemos a un macho como la gente nos enganchamos a estos dos clavos…realmente hay que joderse…

-Ahora…¿te has preguntado alguna vez  por qué minas como nosotras, que nos creemos muy piolas, tenemos algo así como un llamador para los borrachos? No le erramos nunca: vos con Camilo; yo, con el Negro…hay que estar realmente saladas

-Algo parecido le dije el otro día a mi psicoanalista: cualquier tilinguita se consigue un pibe diez puntos y yo me ensarto con estos mierdas.

-Te entiendo. Pero lo que te pasó a vos el viernes es de Walt Disney al lado de lo que yo te voy a contar ¿Cómo andás de tiempo?

-Para vos, todo el tiempo del mundo. ¿Otro café?

-No, Pimpi, por mi esta bien. Este ya es el sexto café del día. Por suerte no me hace nada. Tomo café, mate, vino y después duermo como una angelita.

-Te envidio.

-Después que te cuente lo que me pasó no sé si me vas a envidiar tanto.

-Bueno, dale.

-Vos sabes que Susana es mi amiga de toda la vida.

-Sé que son amigas, no se desde cuándo,

-Somos amigas, más por historia que por otro cosa. Terminamos el secundario juntas, entramos juntas a la facultad; juntas preparamos una cuantas materias, incluso Contratos, lo preparé con ella.

-Pero ella no se presentó.

-No, no se presentó. Y lo bien que hizo, porque se iba a comer una bola grande como una casa. Después de es nos dejamos de ver por un tiempo, incluso me dejó colgada porque, como te iba diciendo, estábamos preparando Filosofía del Derecho y a último momento me dijo que no iba a rendir, que no estaba con ganas de estudiar, que la iba a cursar de nuevo en el cuatrimestre…yo le puse cara de culo porque vos sabés lo que significa que tu compañera de estudio te deje en banda, pero como a las amigas se les perdona todo, se la dejé pasar.

-Está bien, te entiendo, pero no me parece que sea grave. Mirá si yo me tuviera que enojar con los que me dejaron colgada…

-Tené paciencia Pimpi, tené paciencia, que lo más importante todavía no te lo conté. La semana pasada me encuentro en la biblioteca con  Nilsa…¿te acordás?…la flaquita que la otra noche estaba en la peña que se hizo en tu casa.

-Más o menos me acuerdo. Vos sabés que el vino de las peñas me produce amnesia.

-Bueno, no viene al caso. Como te iba diciendo…me encontré con Nilsa. Y después de saludarnos y decirnos las pavadas de siempre, me comentó que a Susana la habían operado, pero que estaba todo bien, que ahora descansaba en su casa y que en pocos días se iba a recuperar. Te imaginás cómo me puse. Mi mejor amiga operada y yo en babia. Le pregunté qué le había pasado y no me supo decir bien…vos sabés que esta Nilsa es medio estúpida, pero palabra va a palabra viene, le saqué que el médico que la había intervenido era el doctor Galo…

-¿Galo?

-Si, Galo

-¿El abortero?

-Exactamente mi querida, el abortero. Así que te imaginás…Susana en manos de ese hijo de puta.

-Bueno, no fue la primera ni será la última.

-Si ya lo sé, pero esta es una tarada…cómo va a ir al consultorio de ese malandra…

-Es lo que vos decís Mara, pero convengamos que cobra barato y es discreto Vos sabés que hace un par de años yo tuve un problemita parecido y me atendió él.

-¿Y?

-Y acá me tenés, embarazada de vuelta, pero esta vez decidida a tenerlo.

-Esta bien, que cada una haga lo que se le ocurra con su vagina, pero lo que te digo es que ella me conoce. Según sus propias palabras soy algo así como su hermana, por lo que yo podría haber hecho gestiones para que la atendiesen en una clínica bien puesta.

-Yo no me imagino que a alguien en esa situación la puedan atender como a una reina; salvo que tu concepto de la monarquía esté muy devaluado.

-Vos entendés lo que quiero decir…en realidad lo que a mí más me molestó fue que mi amiga haya pasado por una situación que para todas las mujeres es traumática y que no me haya dicho una palabra. Y que yo me venga a enterar de lo sucedido por boca de esta estúpida.

-Sos un personaje Mara.

-Personaje, pero de folletín cursi.

-Veo que manejás bien tus tiempos dramáticos.

-Años de teatro independiente alguna enseñanza dejan…pero sigamos…ese mismo dia me fui hasta su casa.

-¿Vive sola?

-Si vive sola. Se peleó con la compañera que tenía y alquiló un departamentito precioso cerca de Plaza Pueyrredón. Y te iba contando: allí fui. Te imaginarás que con la confianza que tenemos ni siquiera avisé: fui derechito a verla.

-Me imagino que no le habrás reprochado lo que hizo.

-¿El aborto?

-Si, claro, el aborto

-Pimpi…tan bestia no soy…fui a acompañarla, a ver como estaba, a ofrecerme para lo que sea.

-¿Y entonces?

-Todo bien. Toqué timbre y me atendió su prima, la flaca esa que anda de novia con el cabezón García.

-Pobre, no sabe con quién se mete.

-Ella abrió la puerta y me hizo pasar. Susana estaba en su cuarto acostada y allí estuvimos las tres conversando hasta que la flaquita se fue y nos quedamos solas.

-Por lo que me contás, todo bien.

-Esperá un poco; no te impacientes. Yo preparé mate, acomodé un poco el cuarto…

-¿Y ella cómo estaba?

-Bien, en general bien. Un poco pálida y un poquito nerviosa, pero no nos adelantemos…en algún momento no sé cómo salió el tema del Negro Salcedo, porque pareciera que donde voy todas y todos me preguntan por él como si fuera su viuda.

-¿Ella te preguntó por él?

-Bueno no…en realidad la que sacó el tema fui yo…no sé por qué lo hice, pero viste que una cosa lleva a la otra y, bueno, en un momento yo hablaba del Negro y le contaba de los años que vivimos juntos, y de las peleas que tuvimos, pero también los momentos felices que pasamos. Creo que en algún momento le dije que el Negro había sido el hombre más importante de mi vida, algo que ella lo sabe muy bien porque más de una vez lo hablamos.

-¿Pero a vos te parece Mara? Tu amiga recuperándose de una interrupción del embarazo y vos contándole tus cuitas.

-Si, me parece…

-Si me permitís una opinión, creo que si decido acompañar a una amiga, la que pongo la oreja soy yo. Y a vos no te voy a explicar cómo quedamos las mujeres después de un aborto.

-A lo mejor tengas razón, pero no lo pude impedir: estuve casi una hora hablando del Negro.

-¿Y  ella qué hacía?

-Escuchaba. Estaba tapada hasta el cuello y me miraba. Me miraba y si mal no la conozco creo que en algún momento llegó a lagrimear.

-¿Lagrimear? ¿Por…?

-Ella sabrá. Yo por mi parte lo que tenía que decir lo dije, porque lo que tenía que saber ya lo sabía.

-Mara por Dios…no te entiendo…¿qué es lo que sabías?

-Lo que necesitaba saber; lo que vi en el acto…al minuto de estar en esa casa.

-¿Y se puede saber qué viste?

-Allí, en la mesita de luz, al lado de un libro, había algo.

-¿Qué había?

-Un encendedor, un encendedor y un paquete de cigarrillos.

-Y eso qué tiene que ver

-¿Cómo qué tiene que ver? Ese encendedor fue el que le regalé al Negro Salcedo hace dos años exactamente. Y los cigarrillos son los que el Negro fumó toda su puta vida.

-No me digas…Pimpi, sos tremenda.

-Tremendo se debe de haber puesto él cuando al otro día le mandé el encendedor con una notita en la que le decía que no me parecía de buen gusto dejar un regalo íntimo en la mesa de luz de una putita barata.

-¿Y a ella la volviste a ver?

-Le escribí una cartita muy breve diciéndole que se cuide.

-¿Qué se cuide de no quedar embarazada?

-No, no soy quién para estar dando consejos

-¿Qué se cuide del Negro?

-No, el Negro no sirve ni siquiera para cuidarse.

-No te entiendo; ¿de quién debe cuidarse?

-De mí debe cuidarse, de mí.

-Te desconozco Mara…¿no decís que el Negro no te importa nada?

-Que el Negro no me importe nada no la autoriza a ella a encamarse con él.

-Sinceramente no te entiendo

-Yo sí me entiendo y vos en mi lugar también te entenderías

-¿Te contestó la carta?

-No, no me contestó, porque finalmente a la carta no se la mandé…me pareció innecesario. A mí me gusta vengarme. pero no amenazar.

 

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