NUCHO Y DINA

VEINTISEIS

Nucho Gordillo mira a la mujer que acaba de ingresar al bar. Es rubia, algo robusta, expresión alegre, como si lo que ocurriera a su alrededor la divirtiera. Gordillo registra su llegada y retorna a su vaso de ginebra, un trago largo como para terminarlo. La mujer saluda en la mesa donde Kraus y Martini continúan conversando en voz baja. Un saludo al pasar. Breve pero visible. El saludo de alguien que dice “Aquí estoy yo”. Después se acerca a la mesa donde Suñer conversa con Pimpi. También el reparto de besos y algún comentario divertido porque todos se ríen. Gordillo la mira y algo parecido a una sonrisa oscila en su cara. No es para menos: esa mujer rubia es su esposa. Lo es desde hace un año y medio. Unidos por el amor y por el arte, como dijeron a los amigos el día del casamiento, el casamiento de riguroso civil por supuesto. Dina y Nucho. Dina Sarnari y Nucho Gordillo. Ella y el cine; él y la poesía. Ella, el cine y el Derecho, porque por esas cosas de la vida alguna vez llegó a esta ciudad para estudiar abogacía, rindió unas cuantas materias hasta que descubrió el cine, la literatura, a Renoir y a Montale, a Truffaut y a Emlily Dickinson. Y después Nucho, el encantador, perverso y vicioso Nucho Gordillo. El poeta llegado de Córdoba con sus poemas y un librito publicado por una editorial pirata que lo calificó como la gran promesa de la poesía argentina. ¿Qué tienen que ven los gustos actuales de Dina con el Derecho? Nada o casi nada. Pero ella insiste en recibirse. Es mi imperativo categórico, dice, hablando con ese tono algo teatral, siempre burlón, un tono que pareciera hecho a propósito para salpicarlo con citas de Bertoldt Brecht, Jean Paúl Sartre y el Marx de los Manuscritos, el Marx joven humanista y poético, no el Marx economista, científico y aburrido.

-¿Hace mucho que me estás esperando?, le pregunta a Nucho con su sonrisa más encantadora.

Él se encoge de hombros como si la pregunta no tuviera ninguna importancia.

Ella mira la hora y le dice que falta todavía media hora para ver la película que se proyecta en el aula Alberdi.

-¿Y se puede saber qué dan?

-Ya te lo dije: “Sin aliento” de Godard.

-Ya la vimos hace unos meses.

-Quedamos en que la veríamos de vuelta. Vos insististe en verla.

Nucho mira el vaso de ginebra vacío. Lo levanta y lo inspecciona como si buscara algo o como si estuviera interesado en disfrutar con el juego de reflejos que proyecta la luz que cae de la araña que cuelga en el centro del salón.

-Si querés que sea sincero: no tengo ganas de ir al cine.

Ella lo escucha y le toma la mano. Está a punto de decir algo pero calla o cambia de opinión, porque toma la cartera se pone de pie y le dice que lo espere, que va hasta la barra porque quiere tomar un café.

-Pedime una medida de ginebra para mí –le dice él, pequeño, encogido dentro de ese saco que parece quedarle grande y que además es demasiado grueso para la temporada, para este mes de agosto caluroso y húmedo, dos detalles que no parecieran afectarlo ya que un leve temblor de su cuerpo, un temblor que se repite a cada rato, transmite la sensación de que a pesar del saco él tiene frío.

-Pedime una medida de ginebra para  mí -le ha dicho a Dina y ella no le responde, pero cuando llegue a la barra pedirá un café para ella y la ginebra que él reclama y que ella sabe muy bien que necesita.

-¿Qué proponés en lugar del cine? pregunta Dina ya instalada en la mesa.

Él no parece tener muy en claro qué es lo que quiere. O en todo caso si de alguna certeza dispone es de la satisfacción de tener ese vaso de ginebra que su mujer acaba de dejarle en la mesa, un vaso de ginebra que irá tomado con tragos breves, tratando de extenderlo lo más posible, aunque sabe muy bien que por más prudente que sea ante de los diez minutos el vaso estará seco y él tendrá necesidad de tomar otro y otro más, como lo viene haciendo desde el medio día. O como lo viene haciendo con rigurosa puntualidad desde hace bastante tiempo, desde hace meses o desde hace años.

-Me gustaría ir al Miami, al Munich o al Torino, compartir una mesa con amigos o estar en un lugar donde se pueda escuchar buena música.

-Armstrong , Louis Armstrong, por ejemplo,

-¿Y por qué no Charlie Parker?

-La otra noche estuvimos en el Munich y te quedaste dormido en la mesa.

-No me dormí. Estaba soñando. Soñaba que vos y yo viajábamos, íbamos en un tren, en el camarote del tren. La ventana estaba abierta y veíamos los campos, las arboledas, un camino que corría al lado de las vías y mientras vos mirabas eso, yo te leía ese poema de Dylan Thomas que a vos te gusta tanto.

-Ese sueño ya me lo contaste la otra vez. Y el poema me imagino que será ese que comienza hablando de su oficio o arte sombrío.

-Sí claro, pero en inglés.

-Si vos no sabés inglés.

-Pero vos sí. Y en el sueño yo hacía las cosas que a vos te gustaban.

-No recuerdo esa preferencia por un marido que domine la lengua de Shakespeare.

Él se acomoda el mechón de pelo y sonríe. Es una sonrisa floja. La sonrisa de alguien que no termina de entender lo que le dicen, pero no sabe muy bien por qué lo divierte.

-Nucho…vamos al cine. Y después nos vamos a escuchar música. Además tenés que comer, seguro que no probaste bocado en todo el día.

-No tengo hambre.

-Sí, pero tenés que comer, ya te lo dijo el médico.

-El médico también me dijo que deje de tomar.

-Ya lo vas a ir dejando de a poco, yo te voy a ayudar.

La mira. Sus ojos grises están algo empañados, como si hubiera llorado.

-No entiendo de dónde sacás tantas seguridades…no entiendo, verdaderamente no lo entiendo

-¿Qué no entendés?

¿No entiendo por qué estás tan segura de que vamos a seguir juntos? ¿No entiendo por qué estás tan convencida de que voy a dejar de beber?

-Será porque te quiero.

-Yo también te quiero mi Dina querida, pero ya sabés, lo sabés muy bien, que eso no alcanza.

-Yo creo que es lo más importante.

-Como ves, no pensamos lo mismo.

-Pero sentimos lo mismo.

Él ahora ríe. Es una risa silenciosa, la risa de alguien que se ríe de sí mismo y se resiste a compartir esa alegría.

-No sé por qué te quedás conmigo.

-Lo sabés…porque te quiero.

-¿Me querés o me tenés lástima?

-No empecemos de nuevo Nucho, te quiero,

-Soy una ruina, un desastre, un alcohólico que no sabe hacer otra cosa que tomar y tomar como un descosido.

-Yo te quiero Nucho. Y si no lo entendés no me importa. Después de todo quererte es un asunto mío, no tuyo.

-Más o menos.

-¿Tanto te cuesta dejarte querer?

Un trago y el vaso ya esta vacío.

-Tu vocación de socorrista vocacional te va a llevar a la perdición.

-Las socorristas vocacionales, como vos decís, nunca nos perdemos. Y además nos gusta lo que hacemos.

-Como quieras, pero no digas que no te lo advertí.

-Para que te quedés tranquilo, te recuerdo dos cosas: me voy a  quedar al lado tuyo, pero no voy a verte morir…me iré un rato antes.

-Eso me deja más tranquilo….¿y la segunda?

-Cumpliré al pie de la letra la promesa que me obligaste a hacerte el día que decidimos casarnos: no voy a pedirte que dejes de tomar.

-Te lo juro que no te entiendo.

-Son cosas mías, no te hagas problemas.

El mete la mano en el bolsillo interno del caso y saca un paquete de cigarrillos arrugado. Ella le da fuego con el encendedor que está apoyado en la mesa. Lleva otra vez la mano al bolsillo del saco y saca un papel y lo desdobla lentamente. Hay allí algo escrito que ella mira sin disimular la curiosidad.

-Es un poema. Lo empecé a escribir a la siesta y lo terminé hace un rato. Hay que corregirlo, pero no creo que pueda mejorar demasiado.

-¿Puedo leerlo?

-Mejor te lo leo yo.

Ella corre la silla y se acerca más a él y le toma la mano. Él con la izquierda sostiene el papel y lee. Se ha puesto unos lentes viejos y lee con voz pausada, con un tono diferente al que usa cuando conversa.

“¿Y las gotitas de lluvia compartidas/ en la transparencia del alba?/ ¿Y la filosa melancolía lastimando la caída de la tarde?/ ¿Seremos minuciosos o arbitrarios en el recuerdo?/ ¿Pero acaso los inventarios sirven para algo?/ ¿O tal vez haga falta algo más/ que esa frágil agonía de días leves/ vividos a la intemperie entre las tristeza y el frío?/ Breves, escabrosas travesías/ espionajes sigilosos y furtivos/ intuiciones luminosas y amargas/ La irremediable caída seduce al amor/ y sin embargo/  a pesar del vértigo/ a pesar de la soledad y el cansancio(/ a pesar de esa empecinada nostalgia rasgando los cristales/ todo puede ser posible todavía”.

-Es hermoso Nucho.

-No hay poesía hermosa o fea: hay poesía bien o mal escrita.

– A mí me sigue pareciendo hermosa.

-No sé si lo es, pero es para vos.

Gracias mi amor – le dice ella y lo besa; un beso ligero, breve que él no responde.

-¿Vamos o no vamos  a ir al cine?

-Ya es tarde Dina.

-No es tarde, faltan cinco minutos y la sala está a veinte metros,

-No me escuchaste bien. Ya es tarde para querernos, ya es tarde para estar juntos, ya es tarde para todo, incluso para disfrutar de “Sin aliento”. Pero está bien, si eso te hace feliz vamos al cine. Después de todo un lugar da lo mismo que otro.

Se pone de pie con mucho cuidado; se apoya en la mesa y mueve las piernas como si estuviera lastimado.

-No estás tan borracho para hacer tanto espamento – dice ella y lo toma del brazo.

-No, todavía no estoy borracho, pero me tengo que mover con mucho cuidado, con excesivo cuidado.

-No te entiendo.

-Yo sí me entiendo. Y cuando te lo explique me vas a dar la razón.

Corre un poco la mesa y entonces ella lo ve. Se pone seria y exclama:

-Nucho, mi amor.

-Si mi querida, tu amor otra vez volvió a mearse encima.

-¿Pero cómo…?

-Muy sencillo –dice mientras se esfuerza por caminar- no puedo evitarlo.

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